
La carpintería de ribera en Fuerteventura fue un oficio imprescindible para la vida marinera de la isla. Durante gran parte del siglo XX, los pequeños puertos de Corralejo y El Cotillo dependieron de estos talleres donde la madera se transformaba en embarcaciones que sostenían la pesca, el transporte y el ritmo cotidiano de las comunidades costeras. Hoy, con la llegada de los barcos de fibra, el oficio ha quedado prácticamente desaparecido, pero su huella permanece gracias a familias como los Hierro, que mantuvieron viva esta tradición durante generaciones.
Las fotografías históricas del Taller de Santiago Hierro, cedidas al Servicio de Artesanía por Ildefonso Hierro, permiten comprender el valor de este trabajo: herramientas sencillas, serrín acumulado en el suelo y una dedicación absoluta al detalle. En esos espacios, la experiencia se transmitía de padres a hijos, siempre con el mar como guía.
En el Estudio del Sector Artesanal de Fuerteventura (2000), Ildefonso Hierro explicaba esa continuidad familiar:
“Mi padre. Y mi abuelo y mi bisabuelo. Es de familia. Yo aprendí lo que sabía mi padre y luego otras cosas que he aprendido yo […] Mi padre lo trabajó todo a mano, o sea, que no tenía máquinas ningunas.”
Esta frase resume el espíritu del oficio: un conocimiento artesano acumulado, adaptado y perfeccionado en cada generación.
Un proceso artesanal que empezaba en el esqueleto del barco
La construcción comenzaba por las piezas que daban identidad y estabilidad a la embarcación. Según explicaba Ildefonso:
“Las primeras piezas que se hacen son la quilla y la roda, la proa y la popa con las cuadernas del centro […] Primero se hacen las cuadernas, como si fueran las costillas.”
Ese “esqueleto” era esencial. Una vez fijadas las dos cuadernas centrales —el punto de partida que marcaba el equilibrio general— se colocaban las tirillas de proa a popa que permitían “darle la forma” definitiva al casco.
“Si ahí sale mal, el barco sale feo o sale mal.”
La precisión era absoluta. No había margen para errores estructurales: el mar los haría evidentes.
Tras definir la forma, empezaba la fase de entablar: cubrir el exterior con la tablazón. Cada tabla debía ajustarse con exactitud para garantizar flotabilidad, resistencia y armonía en el movimiento del barco.

Barcos pequeños, pero esenciales para la vida marinera
Las embarcaciones que salían de los talleres majoreros eran modestas, adaptadas a las posibilidades de la isla y a las condiciones económicas del momento. Como recuerda un marinero de El Cotillo (nacido en 1932):
“Había barquitos de cuatro metros, cuatro metros y medio; el que llegaba a cinco metros ya era un barquito grande […] Todo era a vela y remo.”
Estos barcos representaban muchísimo más que un medio de transporte: eran el acceso a la pesca, al sustento y a la autonomía de muchas familias.
Un oficio marcado por el cambio de materiales
Durante décadas, la madera fue sinónimo de navegación en los pueblos costeros de Fuerteventura. Sin embargo, con la introducción de los barcos de fibra —más económicos, ligeros y fáciles de reparar— la carpintería de ribera comenzó a desaparecer.
Muchos talleres cerraron, otros quedaron en silencio, y únicamente las historias de quienes vivieron ese trabajo permiten reconstruir hoy su significado.
Un patrimonio que merece ser recordado
La labor de la familia Hierro, tanto en Corralejo como en El Cotillo, constituye uno de los últimos grandes testimonios de este oficio tradicional. Su trabajo refleja el valor del conocimiento manual, del esfuerzo colectivo y de la relación íntima entre las comunidades majoreras y el mar.
Recordar la carpintería de ribera no es mirar hacia atrás con nostalgia, sino reconocer un capítulo fundamental del patrimonio cultural de Fuerteventura. Un oficio que ayudó a construir barcos, sí, pero también historias, identidades y formas de vida.





